José Alberto Valverde a su amigo Ignacio

A principios de los años 60 mi hermano Carlos y yo descubrimos una disciplina, un deporte, un juego, un sistema, no sé muy bien cómo llamarlo, que se conocía como Judo.
Durante unos años, de la mano y en compañía de gente magnífica nos fuimos aficionando a él. No lo hacíamos mal. Técnicamente dábamos buena imagen, nuestros gestos eran buenos y de vez en cuando hasta teníamos resultados.
Hasta que un día apareció en el club alguien especial. Creo que venía de Madrid, del gimnasio Samurai, que era uno de nuestros rivales.
Era un vasco, grande, poderoso, apacible, amable y sensato.
Existen momentos en que decir eso de que «hay un antes y un después» llega a ser un tópico. Pero esa vez no puede ser más apropiado.
A la llegada de Ignacio Alcibar lo que estábamos haciendo tomó sentido. Poco a poco su calma, su seguridad, su paciencia, su gran conocimiento del judo, fueron coloreando nuestra forma trabajar y nuestros grados. Y al mismo tiempo su honestidad, su aplomo, su serenidad y su gran sentido de la amistad y del respeto nos fue forjando como seres humanos dignos. Por lo menos a mí.
Ignacio era un gran competidor, un enorme “Sempai” Y por lo tanto un excelente ejemplo. Desde cinturón azul a segundo dan y maestro entrenador nacional pasé de su mano. Me examiné de 4º dan cuando él lo hizo de 6º. Conservo con afecto el carnet de grados de aquella época firmado por él. Infinidad de randoris, combates, entrenamientos, explicaciones, trabajo en el suelo, que por cierto era como luchar con una apisonadora o con un pulpo gigante, convirtieron esa relación en algo esencial en mi vida.
Y posteriormente a lo largo de más de 50 años, su ejemplo en todos los aspectos, como amigo, como compañero, como maestro, su trayectoria personal y profesional, me dejaron una profunda huella.
Desde la distancia muchas veces he podido seguir sus avatares, su amor por la familia y por extensión a sus alumnos. He visto como su sólido carácter y su honestidad intelectual le jugaban malas pasadas en un mundo con demasiados mediocres.
Ignacio decía lo que pensaba. Defendía sus ideas con nobleza y en ocasiones eso hizo que no le trataran correctamente. Pero su labor ha quedado para nuestra historia. Sus discípulos lo prueban y llevan un trozo de su ADN. Cuando veo a Nacho, su hijo, lo veo a él. Me puedo imaginar el orgullo de Ignacio observando a sus hijos y a sus nietos, vigilándolos como el solía decir. Supongo que todos tenemos decenas de anécdotas que Ignacio protagonizaba, los primeros chistes de Chomin, el chuletón que comí con él en el puerto de Lequeitio, campeonatos, randoris, risas, tristezas, alegrías.
Cuando se trajo a Jesús, que estaba en París, empecé a tomar lecciones de vuelo sin motor, gracias a su “ashi guruma”, que era como la segunda parte de los “tai otoshi” del hermano mayor. Entre los dos contribuyeron en gran medidas a mi concepción del Judo y me brindaron no solo su amistad sino su ejemplo.
Con la partida de Ignacio cierro una etapa en la que después de perder físicamente a mis cuatro maestros más importantes: Miguel Jimenez, Birnbaum ,Burger y Michigami., ahora se marcha también Ignacio Alcibar. De él me quedará siempre la impronta del judo inteligente, estable, sereno, tan de acuerdo con el espíritu vasco que comparto por sangre materna.
Bersarkada bat Iñaki. Eskerrik asco. Itxoiten dit itsasoa ere.

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